Cuatro cabras, veinte inviernos y un armario mal cerrado
El jersey lo compré en Londres. Era una mañana de esas en las que la ciudad parece que no tiene ganas de amanecer del todo. El dependiente lo fue doblando con gesto solemne y una lentitud que me pareció eterna. Jamás lograré entender por qué los ingleses convierten en ceremonia algunas de las labores cotidianas más insignificantes. Solo he logrado discernir que un precio alto no es el criterio. Y uno bajo tampoco.
Costó lo que en aquel momento me pareció una insensatez. Lo llevé hasta que dejó de ser azul y pasó a ser del color que tienen las cosas que se han lavado bien muchas veces.
El precio lo averigüé tiempo después. Me hubiese gustado estar al tanto antes, más que nada por lo que concierne a los animales implicados.
La cachemira no se esquila. Se peina a mano, en primavera, cuando la cabra suelta sola el pelo fino que le ha crecido bajo el basto y que le ha servido para pasar el invierno. El de Mongolia. O el del Himalaya. Las fibras resultantes vienen con tierra, pelo grueso y paja.
Después hay que separarlo todo, lo que se lleva más o menos la mitad de lo recogido. Al final, cada animal deja al año desde unos pocos gramos hasta medio kilo escaso para que unos cuantos se protejan amorosamente del frío.
De ahí sale la cuenta: cuatro o seis cabras por un jersey. Treinta o cuarenta por un abrigo. Nunca averigüé si las mías habían sido de las generosas o de las tacañas.
Lo que sí averigüé es que el jersey llegó tarde a la historia. Los chales fueron los primeros.
Los chales de Cachemira entraron en Europa con la Compañía de las Indias. Se instalaron en los hombros de la emperatriz Josefina, que llegó a acumularlos con una diligencia difícil de justificar. La demanda superó enseguida a los telares del valle, y aquí empieza la parte que me divierte.
Se intentó traer las cabras. No prosperaron: el pelo fino es una respuesta al frío extremo, y Europa no ofrecía temperaturas lo suficientemente bajas para convencerlas de ello. Así que se optó por lo contrario — traer la fibra y quedarse con el oficio.
Lyon, Edimburgo y Norwich lo intentaron primero. Hacia 1805 empezó a hacerlo un pueblo de Renfrewshire llamado Paisley, y lo hizo con tal insistencia y a tal precio que acabó regalándole su nombre al dibujo. Un valle del Himalaya rebautizado por una localidad escocesa. La historia de la industria textil está llena de estas cortesías.
En español, el dibujo se quedó con los dos nombres: cachemir y paisley, según a quién se pregunte. Y al chal acabamos llamándolo pashmina, que en persa significa, sencillamente, lana. Todos acertamos a medias.
El jersey vino después en Hawick, en las Borders. Allí ya había bastidores de punto desde el siglo XVIII, ríos rápidos para mover las máquinas y lavar la lana, y a partir de mediados del XIX un ferrocarril que bajaba a Carlisle y subía a Edimburgo. A finales de siglo, por allí entraban las fibras asiáticas y salían convertidas en prendas escocesas.
Reconocer uno bueno no exige gran ciencia, aunque sí paciencia. La etiqueta que dice cien por cien dice menos de lo que promete: no informa de la longitud ni de la finura del pelo, en lo que se fundamenta casi todo.
Conviene mirar el cabo — dos hilos retorcidos aguantan lo que uno solo no aguanta —, las costuras de hombro y sisa, el peso en la mano, y el punto a contraluz. Un jersey barato pesa poco y a través de él se puede ver el fondo de la habitación.
Y las bolitas no son necesariamente un defecto: la fibra corta pela siempre, la larga tarda años. Un jersey que a las tres semanas parece una alfombra vieja no es un jersey mal cuidado, es un jersey hecho con hilo corto.
El mío no murió por uso. Estuvo un verano en un armario sin lavar, con un rastro de mí en el puño. Las polillas hicieron lo que suelen hacer cuando alguien les deja la mesa puesta.
Se comieron el codo izquierdo y respetaron el resto, lo cual me pareció un gesto de mal gusto. Podían haberse llevado la prenda entera y ahorrarme la escena de sostenerla al trasluz durante un rato largo, calculando.
Cuatro cabras, veinte inviernos, un armario mal cerrado.
Las polillas también saben distinguir.
D. Carlos