El año en que el Werther dejó de tener dueño
Este tomo se imprimió un año antes de que su editor perdiera a Goethe.
Pone 1866 al pie de la portada, debajo del nombre del editor. En Stuttgart, la casa Cotta. La misma que había publicado a Goethe en vida, la que sacó sus obras completas en cuarenta tomos entre 1827 y 1830 con el autor todavía encima, corrigiendo. Cotta no era un editor de Goethe. Era el editor de Goethe, y llevaba sesenta años siéndolo.
El 9 de noviembre de 1867 entró en vigor en Alemania una regla que fijaba la protección de las obras en treinta años desde la muerte del autor. Goethe había muerto en 1832. Aquel día, los clásicos alemanes pasaron de golpe a ser de cualquiera, y el monopolio de Cotta sobre ellos dejó de existir en una tarde.
Al día siguiente, en Leipzig, un editor llamado Reclam puso a la venta el número uno de una colección nueva. Era el Fausto. Costaba dos Silbergroschen.
Lo que me gusta de esta historia es el detalle logístico. Reclam había impreso cinco mil ejemplares en julio, cuatro meses antes, y los tenía esperando en el almacén a que la ley venciera. No perdió ni un día. Se agotaron en semanas, y hubo que imprimir otros cinco mil en diciembre y diez mil más en febrero.
Mi tomo es del año anterior. Es de los últimos que se hicieron cuando el texto todavía pertenecía a alguien.
Desde entonces, el Werther es gratis. Lo ha sido durante siglo y medio, y hoy se descarga en once segundos. Nadie compra este libro por el texto.
En julio de 1954 yo estaba en Lübeck, que entonces era la única ciudad grande del oeste pegada a la frontera: la línea pasaba por el límite del municipio, y detrás no había nada al alcance. Había ido a leer para una tesis sobre dación en pago, que trata de deudas y de cómo se saldan, y que no tiene absolutamente nada que ver con Goethe.
No había fotocopias. Se leía, y lo que uno quería conservar se copiaba a mano, en fichas, y en este caso en alemán, que era el idioma en el que estaba todo lo que me interesaba. Uno se pasaba semanas fabricando copias manuscritas de cosas que no podía llevarse. Yo lo hice y no me pareció penoso; me parecía simplemente trabajo.
Un día compré este tomo. Fue lo único de aquel verano que no tuve que copiar, porque lo podía tener.
Lo firmé en la portada, con la ciudad y la fecha, como quien firma un contrato consigo mismo: Lübeck, 29 de julio. Tenía veinticuatro años y una letra bastante peor de la que tengo ahora.
El sello vino mucho después. Una balanza, un libro abierto y un nombre más corto que el de la firma: en la portada había escrito los dos apellidos, y para entonces el segundo ya había dejado de hacer falta. Delante, en cambio, dos abreviaturas que en 1954 no me correspondían. Entre una tinta y la otra hay diez años y una oposición.
Y una broma que tardé en ver. Me pasé la vida entera escribiendo sobre dónde termina lo que es de uno y empieza lo que es de todos. Marcas, patentes, nombres, invenciones. Aquel verano compré, sin saberlo, un objeto fabricado justo en el filo de esa frontera, doce meses antes de que cambiara de lado.
El texto de este libro es de todo el mundo desde 1867.
La portada sigue siendo de dos personas. Nadie las ha visto nunca juntas: eran la misma.
D. Carlos