El marqués que nunca fue
A Antonio Raimundo Ibáñez le tramitaron un título en 1808 que nunca llegó a firmarse.
El papeleo se quedó a medias por una guerra que empezaba ese mismo año, y que tenía cosas más urgentes entre manos que un marquesado.
Ibáñez no llegó a enterarse de en qué quedaba el asunto. Murió asesinado en febrero de 1809, en circunstancias que nadie aclaró del todo, huyendo de Ribadeo por un camino que no debería haber tomado solo.
Sus herederos siguieron llamándose marqueses de todos modos, generación tras generación. Nadie les pidió nunca el papel que lo certificara.
Me gusta esta historia por el detalle administrativo, más que por el drama: de cómo la costumbre termina ganándole la partida al derecho.
Aquí hay un marquesado que lleva más de dos siglos existiendo por costumbre y no por derecho, y que a nadie parece importarle la diferencia. Si me preguntaran a mí, tendría una respuesta clara. Las leyes dicen una cosa. Pero la vida se rige por otra.
Lo que sí sé, porque esto está mejor documentado, es que modernizar la fábrica no le fue nada fácil. La nobleza de la zona y el clero se le pusieron en contra. Tal vez fue demasiado ilustrado, demasiado afrancesado, para una tierra que no estaba lista para ninguna de las dos cosas.
He leído en algún sitio que fue concretamente la curia de Mondoñedo la que más se resistió. No puedo afirmarlo con la seguridad con la que me gustaría afirmarlo; prefiero dejar una sospecha razonable sin diócesis puesta, antes que inventarle un nombre a algo que no he podido comprobar.
A Mondoñedo fuimos, de todos modos, un verano, mi hija, mi mujer y yo. Había catedral, con su torre inclinada y su museo diocesano, y había una fábrica de porcelana que llevaba el mismo nombre sobre un terreno distinto.
De todo aquel día, Helenita solo guarda el recuerdo de unos gitanos con una cabra, a la puerta de algún comercio, y de un animal que la enamoró con la mirada. Desde aquel día pidió, de manera alterna, un perro o una cabra. De la catedral no le quedó nada. De la cabra, sí, con todo detalle, hasta hoy.
Los curas guardaban las llaves de los espacios construidos en épocas anteriores a la del marqués. Y tenían acceso a los de esa época en adelante. Aunque eso es un asunto diferente que no quiero tratar ahora.
De la fábrica original de Ibáñez no queda nada que se pueda tocar con la mano. De la que Isaac Díaz Pardo levantó de nuevo en el mismo lugar, a finales de los años sesenta, queda el nombre y el sello. Y el colgante bicolor que lo lleva.
Un título sin papeles. Una fábrica sin máquinas. Al marquesado le faltó la firma. Pero le quedó el nombre.
D. Carlos