Las tiendas donde todos lo llamaban D. Carlos

Las tiendas donde todos lo llamaban D. Carlos

La librería González cerraba los martes. D. Carlos nunca supo por qué, y nunca preguntó.

Estaba en la Rúa do Vilar, bajo los soportales. Se entraba bajando un escalón y las tablas del suelo crujían al caminar. Por allí siempre estaba el viejo González. Los libros, en estanterías detrás de los largos mostradores.

D. Carlos pasaba por allí las mañanas de los sábados. A veces no compraba nada. Esperaba impaciente que le confirmaran que ya había llegado alguno de los libros que había encargado la semana anterior. Alguna vez alguien le decía «D. Carlos, tengo esto para usted» y sacaba un libro que él no había encargado pero que efectivamente era suyo, aunque él todavía no lo supiera. Le encantaba que se dirigieran a él por su nombre.

Enfrente, en la acera sin soportales, estaba la joyería Malde. Allí compraba los regalos. En sus agendas de esos años aparece a veces una línea: «Malde. Recoger.» Nada más. Los regalos eran para otros; la anotación, para él solo.

En Madrid, adonde iba en tren porque volar le daba miedo y porque los aeropuertos le parecían feísimos, estaban los Alejandre y Sánchez-Rubio. Los Alejandre no parecían hermanos: uno bajito, regordete y calvo; el otro esbelto y con el cabello rizado. Parecía que le leían el pensamiento, y era inevitable salir de allí con esa estilográfica que no sabía que tanto necesitaba. Al entrar en Sánchez-Rubio siempre le preguntaban: «¿Llegó a su hora el expreso, D. Carlos?». Y como si estuviera comprando en Oxford Street, aparecía una magnífica gabardina Aquascutum a la que habían cosido en el interior la etiqueta de la tienda.

Lo que esas tiendas tenían en común no era el género, ni el tamaño, ni el precio. Era el nombre. No eran rápidas ni lentas: eran las tiendas donde todos lo llamaban D. Carlos. Se entraba a mirar. Se salía con más de lo previsto o con nada, sin culpa. Se preguntaba una banalidad y se recibía una respuesta que valía diez veces más. Y había un cuaderno con nombres, y en ese cuaderno estaba el suyo.

Fueron cerrando una a una. Casi siempre sin cartel. Una semana estaban y a la siguiente no, y en el escaparate un papel escrito a mano, con una fecha o sin nada. Malde primero. La González, pocos años después. Los Alejandre y Sánchez-Rubio también, aunque de eso se enteró tarde y por carta, de pasada, como si fuera cosa sabida.

En su lugar quedaron oficinas bancarias, franquicias que abren y cierran cada tres años, tiendas de recuerdos para gente que acaba de llegar. Y un vacío con forma de mostrador. Una manera de vender que consistía en escuchar antes de sacar el género. Se fue perdiendo, como se pierden las cosas que nadie defiende porque a nadie se le ocurre que haga falta.

Los objetos comprados en esas tiendas siguen ahí. Los libros, los broches, los jerseys. Están en estanterías y en cajas que se han mudado tres veces sin abrirse. Alguien los sacará algún día y se preguntará de dónde salieron. La respuesta ya no se puede visitar.

Esta casa está del otro lado de aquel mostrador. Por eso existe.

D. Carlos

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